Las sociedades de los países industrializados o digámoslo así de los países donde se vive relativamente bien creyeron que todo era contagioso (enfermedades, grupos extremistas, fenómenos naturales, etc.) menos la pobreza. Esa pobreza que siempre miraban a una distancia considerable frente a los televisores de sus casas, torciendo la vista de vez en cuando o en folletos que alguna ONG les brindaba ocasionalmente.
Alguna que otra vez su conciencia distraída se estremecía cuando en algunos países, donde la miseria es el orden natural de las cosas, ocurrían calamidades rayanas en lo inimaginable y entonces por un milisegundo esos países, esas gentes parecían más cercanas y ya cinco euros no eran nada.
Las sociedades que comen caliente y duermen abrigadas se desubican del mal ajeno y todavía más si ese mal no está cercano. En los años ’90 a poco más de 2 horas de vuelo de Barcelona se libraba una guerra civil en la antigua Ex –Yugoeslavia donde se cometieron genocidios e innumerables barbaries, a pesar de las contadas excepciones que a veces incluso dan su vida para ayudar a los demás, el “mantra” en los países del Oeste de Europa fue: “Eso no nos va a pasar a nosotros”. Convencidos, sí, de que era una desgracia, pero lejana como si aquello estuviera sucediendo en Venus.
Años más tarde sucedería algo parecido en Chechenia (Rusia) y tras los primeros días de titulares nos sumimos en nuestro más placentero refugio cuando suceden estas cosas: la indiferencia.
Se escalofría la sociedad por el Tsunami que dejo decenas de miles de muertos en el Sudeste asiático, por el terremoto de Haití, por los muertos de Irak y Afganistán pero como dije es tan sólo un milisegundo porque la sociedad repite el mantra y se enrosca en la manta y se amuerma en el sofá del salón.
La pobreza y la miseria, dos palabras que si nos piden que las asociemos rápidamente a dos imágenes probablemente pensemos en alguien pidiendo en una calle o en unos niños en un pueblo de África están cambiando para nuestra sociedad. Hoy ser pobre, o vivir en la miseria ya no está tan lejano como hace sin ir más lejos seis años, hoy la sociedad ya contempla con mucho más temor el futuro y la carta de quedarse en la calle, de no poder vivir cómodamente, de la incertidumbre de si hoy podré dormir bajo techo, se cuela en una baraja que ayer era una baraja de seguridad y estabilidad.
Ahora que el miedo está instalado en la sociedad es cuando se disparan las alarmas y todos corren hacia todos los lados sin orden ni concierto echando la culpa a los unos y a los otros: “Mi bienestar se va a pique” y no sé por qué las sociedades tienden más a buscar culpables y regocijarse en el problema qué encontrar la solución. Sobre todo la española que es una sociedad caótica, ruidosa y chapucera.
Metiendo un poco más el dedo en la herida, sería bueno que ahora los que están asustados se pregunten como están o estuvieron aquellos que mueren de hambre, de sed, torturados, los que mueren por enfermedades erradicadas en los países desarrollados… Ahora nos hemos contraído nosotros el virus de la pobreza, ahora cambiaremos el mantra y nos sacudiremos de encima tanta indiferencia.